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El Albarico, una vereda que renace en medio de su cenizas

Por: Yeimy Pinto (Practicante)

 

El Albarico es una vereda del municipio de El Zulia, Norte de Santander, ubicada a 9 kilómetros de la vía central. Se caracteriza por su majestuosa biodiversidad, verdes potreros, colinas y montañas atravesadas por quebradas que alimentan al río Zulia. En lo alto de El Albarico se puede divisar la frontera con Venezuela y la entrada hacia el Catatumbo, desde donde se contemplan los pueblos vecinos como Sardinata, Santiago y Cúcuta.

 

La tranquilidad para las familias que vivían allí se opacó en el año 2000 por la presencia de la guerrilla. Estos grupos al margen de la ley sembraron el terror y perturbaron la dinámica familiar. Ocurrieron desplazamientos forzados, separando a las familias que salieron en búsqueda de un lugar dónde resguardarse.

 

Varias familias que habitaban El Albarico se dirigieron hacia el casco urbano de El Zulia. Es el caso de Amalia Roa León, de 52 años, quien relata su historia con lágrimas en los ojos, al recordar que fue obligada a prestar su cocina, vender sus gallinas y pagar extorsiones.

 

El conflicto le arrebató su tranquilidad, su ganado, su estilo de vida, pero no acabó con su familia, ni su sentido de pertenencia, ni sus vínculos sociales, ni sus sueños. Con la ayuda del Todopoderoso se preparó para escribir un nuevo capítulo en su historia.

 

Aunque el desplazamiento le permitió protegerse, no hubo plena tranquilidad, los asesinatos continuaban en El Zulia. Tanto era el miedo, que escuchaba una moto, así fuera la de algún vecino y corría a esconderse porque el temor era generalizado.

 

A raíz de estos cambios, la alimentación también varió. El aporte de la Cruz Roja fue significativo. Recibía cada 15 días un mercado que incluía arroz, lentejas, panela y café, lo que significaba su manutención para varios meses mientras lograba una estabilidad económica que le permitiera poder comprar otros productos de la canasta familiar.

 

Eran escasas las oportunidades laborales para su esposo, situación que la frustraba y la llevó a trabajar cosiendo y lavando platos en la escuela San José para conseguir lo del día a día. Lo que mantenía en pie a Amalia eran sus 2 hijos, pilares que fueron claves para resistir y seguir adelante a pesar de todo el dolor.

 

Durante años se acumularon muchos silencios, palabras que no se pudieron decir y que espera no causen daño en algún lugar de su memoria. Amalia también guardó silencio frente a la institucionalidad, decidió guardar sus relatos y adaptarse al nuevo entorno hasta el momento en que pudiese regresar. Esperar a que se dieran las condiciones para hablar de lo que pasó, fue su apuesta.

 

En el 2016, luego de un largo periodo de declaraciones, los jueces fallaron a favor de la comunidad la segunda sentencia colectiva de restitución de tierras, la cual les permitió regresar a lo que un día fueron sus prósperos terrenos y además obtener una ayuda del Estado a través de proyectos productivos.

 

El apoyo estatal generó posibilidades para retornar, pues ya iniciaron actividades en sus fincas. Con estos proyectos también ha regresado el interés de permanecer en sus parcelas y trabajar para mejorar sus condiciones de vida.

 

Hoy, después de 19 años de desarraigo intermitente, Amalia tiene la gran dicha de regresar para construir junto con su familia, la vereda que sueña y siente la necesidad de reconstruir.

 

“No me imaginé poder regresar de la manera como lo he hecho, con el acompañamiento y las garantías que nos ha otorgado el Estado. Todos deseábamos regresar junto a nuestros compañeros de destierro para recuperar la vereda que nos fue arrebatada”, relata Amalia.

 

La Gobernación de Norte de Santander se unió a este proceso de reparación integral a los habitantes con obras que les transformaron la calidad de vida. Se logró la remodelación de la escuela, la construcción del acueducto y el mejoramiento de unas vías de acceso a la vereda, gracias a la gestión del gobernador William Villamizar Laguado.

 

La esperanza vuelve a resurgir para la comunidad, especialmente para Amalia Roa, quien agradece a la administración departamental por el acompañamiento brindado y las alianzas que ha conformado con otras entidades, en el proceso de reparación y tejido social de El Albarico.

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